El estrés, a pesar de la mala fama que tiene, no es siempre negativo. Es en realidad una reacción natural, no sólo de los humanos sino de los animales en general, por la cual el organismo se activa para salvarnos de cualquier peligro.

Cuando nuestro cerebro advierte una situación de emergencia, libera hormonas (especialmente adrenalina y cortisol), que activan una serie de mecanismos circulatorios, respiratorios y metabólicos con la misión de facilitar el trabajo de nuestros músculos y potenciar la atención de nuestro cerebro para resolver el conflicto a nuestro favor. Es decir, para salvarnos de la amenaza mediante las dos formas que la naturaleza conoce: escapar de un peligro o luchando.

Así que podemos darle las gracias al estrés porque si este mecanismo de supervivencia hubiera fallado una sola vez en uno solo de nuestros antepasados, no tendríamos la suerte de estar hoy aquí.

El aprendizaje que debemos hacer con el estrés no tiene que ver cómo hacerlo desaparecer o erradicarlo de nuestras vidas, sino cómo aprender a manejarlo de una manera diferente a como venimos haciéndolo, de manera que una reacción natural y necesaria no se convierta en una reacción perjudicial.

Estrés agudo, estrés crónico

Lo primero que conviene aclarar para aprender a manejar el estrés, es que existen dos tipos de estrés con consecuencias perjudiciales sobre la salud, que se originan de manera distinta.

Tenemos por un lado, los episodios de estrés agudo, como cuando uno sufre un ataque de ira o fácilmente pierde la paciencia estando al volante y se comporta de una manera que escapa a su propia voluntad.

En estas situaciones, es como si se produjera un cortocircuito en el cerebro, como si las neuronas que controlan las respuestas racionales perdieran el contacto con las neuronas que controlan las respuestas emocionales impulsivas, y el resultado es que uno se ve arrastrado a una conducta sin ningún tipo de control racional. Suelen ser episodios breves, que duran segundos o minutos, en los que se disparan los niveles de adrenalina y cortisol en la sangre. En personas que tienen el corazón y las arterias deterioradas, estos episodios pueden costarle la vida.

Por el otro lado está el estrés crónico, que tiene un mayor impacto sobre la salud: es un estrés persistente, que no se disipa en unos minutos o unas semanas y perdura en el tiempo. Aquí ya no hay una gran secreción de adrenalina, pero la persona se encuentra viviendo al límite de lo que es capaz de soportar, en un estado de insatisfacción permanente, ya sea por problemas en el trabajo, o en casa con la familia, o porque se siente sola, o por todo a la vez, y al final no es raro que no aguante más y acabe enfermándose.

No está claro si esta forma de estrés crónico puede desencadenar directamente un accidente cardiovascular, ya que los niveles de adrenalina no llegan a valores tan altos como en el estrés agudo. Pero está demostrado que padecer de estrés crónico lleva a comer de más, a fumar más, a tomar más alcohol y a cuidarse menos. Al final, cuando se suman todas estas conductas, el deterioro de la salud es enorme.

Aprender a manejarlo

Lo malo del estrés crónico es que, si uno no aprende  a cortarlo de raíz, si no aprende a gestionarlo a tiempo, es un monstruo que se retroalimenta. El estrés genera más estrés.

Puede ocurrir, por ejemplo, que el estrés lleve a dormir mal, lo que lleva a levantarse cansado, lo que su vez lleva a sentirse desbordado más fácilmente y al final a más estrés.

Si además se empieza a tomar altas dosis de cafeína para combatir la somnolencia y mantener el ritmo de trabajo, lo cual es una reacción muy habitual, se acaba durmiendo aún peor, necesitando una dosis cada vez más alta de  cafeína y sintiéndose aún más desbordado.

A partir del momento en que el estrés entra en esta dinámica de círculo vicioso, es fácil que se amplifiquen hasta el punto en que baste la amenaza de una amenaza para sentirse agobiado: ya no hace falta enfrentarse a una situación estresante, basta con pensar en ella para perder la calma.

En algunas personas, el sistema se retroalimenta hasta tal punto que escapa a todo control y hace el equivalente psicológico del estallido de una bomba.

En el origen de la mayoría de casos de estrés crónico confluyen a menudo la falta de tiempo y el exceso de ambiciones. Si uno no tiene tiempo de hacer todo lo que quiere, y quiere hacer más de lo que puede, es inevitable que se sienta desbordado. Y como el tiempo es limitado, que es la parte de la ecuación que no podemos cambiar, unas ambiciones ilimitadas sólo pueden conducir a una sensación de frustración y a una crisis personal.

Síntomas y consecuencias

Por lo general la persona que padece estrés crónico llega al consultorio del médico clínico cuando se quiebra, cuando hay síntomas que pueden ser:

- Desconcentración.
- Falta de memoria.
- Dificultades para dormir.
- Disfunción sexual.
- Problemas digestivos.
- La sensación de creer estar cursando un infarto agudo de miocardio, que en realidad son manifestaciones de agotamiento y estar tocando fondo.

Las siguientes son las consecuencias del estrés, de leves a más severas:

- Desconcentración.
- Sudoración.
- Falta de memoria.
- Irritabilidad.
- Agresividad verbal.
- Errores en el trabajo cotidiano.
- Conflictos en la familia (muchas veces es la familia y el entorno íntimo el que avisa que la persona esta estresada).
- Sintomatología cardíaca y digestiva.

El estrés crónico puede provocar descompensaciones, tal como puede ser el debut con una crisis tiroideas, trastornos digestivos, ulceras digestivas, trastornos de ansiedad, depresión, ó generar condiciones y alteraciones inmunológicas que predisponen a enfermedades severas, incluyendo el cáncer.

Soluciones que funcionan

A las personas que me llegan desbordadas por el estrés les recomiendo tres medidas: la práctica de la atención pura (Mindfulness), hacer actividad física, y fundamentalmente las estimulo a que vuelvan a hacer aquellas tareas y actividades que solía realizar con anterioridad y que por falta de tiempo han dejado de hacer. Sólo ellos saben cuáles son aquellas actividades placenteras: leer sus revistas favoritas, escuchar música, salir a pasear o en bici, ir al teatro o organizar juegos de mesa con las familia y amigos. Lo importante es que sea algo que vuelva a ponerlo en contacto con aquella parte de su vida que le hacía bien y había descuidado.

El problema en las sociedades urbanas modernas consiste en que, aunque interactuamos con cientos de personas cada día, hay mucha gente que vive aislada, gente que no tiene a nadie que le escuche, y también gente que no escucha a nadie, que no confía en nadie, que persigue sola sus ambiciones hacia la cumbre y se está dirigiendo sola sin saberlo hacia el abismo. No se dan cuenta del impacto que tiene el estrés en su vida hasta el día que sufren un problema de salud importante, porque nadie les ha dicho antes que la vida que llevan es absurda, haciendo tanto y disfrutando tan poco.

Cómo lograr que el estrés juegue a nuestro favor
El estrés, a pesar de la mala fama que tiene, no es siempre negativo. Es en realidad una reacción natural, no sólo de los humanos sino de los animales en general, por la cual el organismo se activa para salvarnos de cualquier peligro.Cuando nuestro cerebro advierte una situación de emergencia, liber…